El arte de morir para vivir: El legado inmortal del Antiguo Egipto

Para los egipcios antiguos la muerte no era el final, era el inicio de una travesía que revelaba el valor de la existencia.

Cada cuerpo momificado, cada jeroglífico tallado y cada plegaria escrita en papiro eran actos de fe en la continuidad del alma. En su visión del mundo, la eternidad no se alcanzaba con riquezas ni con poder, sino con la pureza del corazón y haber vivido de acuerdo con los principios que guiaban su conducta: la justicia, la verdad y el equilibrio como soporte del orden en el universo.

Detalle de las paredes talladas Templo a Osiris Edfu Egipto

Los principios que regían el buen vivir para los egipcios no solo estructuraron su propia espiritualidad, sino que también influyeron en la reflexión moral de otras culturas que, siglos más tarde, desarrollarían ideas similares sobre la trascendencia del alma, la vida eterna y la resurrección. En sus creencias estaba presente la convicción de que una vida recta conducía a la verdadera trascendencia. Aunque no se trató de una transmisión directa, estos valores anticiparon los conceptos que siglos más tarde serían centrales en el pensamiento cristiano, como la compasión, la justicia, el amor al prójimo, la generosidad y la búsqueda de la salvación a través de las obras y la rectitud del corazón.

Columnas Interiores Templo al Dios Horus en Edfu Egipto

El desempeño de la civilización egipcia en su arte religioso fue una manifestación imponente de perdurar en el tiempo, pues su propósito fue edificar una memoria para la eternidad como reflejo de la permanencia del ser y nos hace comprender el impulso que los llevo a construir un legado cultural y material que desafío el paso del tiempo.

Su arte funerario fue una herramienta para dialogar con el tiempo: un intento de vencer la fragilidad humana y transformar la existencia en algo perdurable. En muchas de sus tumbas especialmente las de sus faraones se revela la aspiración de una civilización que quiso dejar constancia de su paso por el mundo, como una voz que continuará resonando en la eternidad.

Interior de la tumba de Ramsés VI Valle de los Reyes

Hoy comprendemos que su obsesión por la muerte fue, en realidad, una afirmación de la vida. Su arte, su ciencia y su religión se unieron para desafiar el olvido, para mantener viva la memoria de quienes, siglos después, aún nos enseñan que la inmortalidad no está en el cuerpo preservado, sino en las huellas que dejamos en el tiempo.

Tal vez esa sea la verdadera herencia del Antiguo Egipto: la invitación a vivir con sentido, con armonía, con respeto por el mundo y por los demás. Porque solo quien vive en equilibrio con la verdad puede aspirar a renacer en la eternidad. Así, entre el asombro de las pirámides y el eco de los himnos funerarios, los egipcios nos hacen reflexionar que la muerte no es un final, sino la confirmación de que una vida bien vivida puede llevarnos a la eternidad.

Bibliografía

Revista de Investigación 2025 Departamento de Historia de la UCI

Fotografías Archivo personal Santiago Garcia-Herreros

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